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dimecres, 1 de juny de 2016

ROALD DAHL RELATOS DE LO INESPERADO: EL HOMBRE DEL SUR

...Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro. —Yo le daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor. —No se encenderá con este viento. —Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención. —¿Siempre? —dijo casi deletreándolo. —¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado. El hombrecillo continuó mirando al muchacho. —Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco? —Eso es —dijo el muchacho. Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar. —Nunca falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla. —Un momento, por favor. La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia. —¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?






—Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no? —¿Le gusta apostar? —Sí, siempre lo hago. El hombre hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto para sí mismo. Miró de nuevo al americano y dijo despacio: —A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió recalcándolo. —Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo. El hombrecillo movió su mano de nuevo. —Óigame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar. —Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano. —De acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta? —Bien, le apuesto cinco dólares. —No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac... —¡Oiga, oiga, espere un momento! —El chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura. —No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad? —Claro que me gustaría tener un Cadillac. —El cadete seguía sonriendo. —De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac. —¿Y qué apuesto yo? —preguntó el americano. El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender. —Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende? —Entonces, ¿qué puedo apostar? —Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo? —De acuerdo, póngamelo fácil. —Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien? —¿Por ejemplo? —Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda. —¿Mi qué? —dejó de reír el muchacho. —Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo. —No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo? —Se lo corto.



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