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dimecres, 9 de març de 2016

A TODAS LAS MAESTRAS, LAS DE ANTES Y LAS DE AHORA ( DE EL PAIS, 9 DE MARZO DE 2016) EN HOMENAJE A LAS MUJERES ENSEÑANTES


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Dolores Cebrián y su esposo, Julián Besteiro, en unas vacaciones en Asturias. / Fundación F. Largo Caballero

Dolores Cebrián, inteligencia y represión

De ella decía Miguel de Unamuno que tenía una "cabeza de hombre". Quería el intelectual resaltar su extrema inteligencia, y no encontró mejores palabras para hacerlo. Ocurría en plena juventud de Dolores Cebrián y Fernández de Villega (1881-1973), en su adolescencia de ojos abiertos que pasaba en tierras salmantinas cuando sus padres gozaban de la amistad del catedrático y ella estudiaba magisterio.

En 1935, en el periódico madrileño Ahora, fundado por Manuel Chaves Nogales en 1931, aparecía un artículo del escritor titulado: Un incendio de noche. Dedicado a Dolores Cebrián de Besteiro y a Amparo Cebrián de Zulueta, salmantinas del entonces de antaño. Lo dedicaba a las hermanas Cebrián; a Dolores, casada ya con Julián Besteiro, y a su hermana Amparo, esposa a su vez de Luis de Zulueta, abogado que fue de Besteiro en su primer paso por la cárcel en 1917. Unamuno recuerda en ese texto aquellas tardes de tertulia, esas tardes y esas tertulias tan del XIX y principios del XX en las que, no solo en los salones madrileños, las mujeres olían la libertad. (…)
"En frente de la quemada, en la vuelta de la Cuesta del Carmen, la casa en cuyo corral -¿lo recuerdan ustedes Dolores y Amparo?- debatíamos cierto verano su madre Concha, su tío de ustedes Paco (“Zelda”) y yo de todo lo divino y lo humano y sobre todo de teatro. Recuerdos que guarda uno, quemados algunos, hechos carbonilla para abono, y otros en brasa todavía. Así es la historia".
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Dolores Cebrián. / F. F. Largo Caballero
En ese artículo daba Unamuno también un dato que se debe reseñar. Se estaban realizando por esas fechas los ejercicios para cubrir las plazas de auxiliar de Griego y Latín en la Facultad de Letras de la Universidad de Salamanca y anota el escritor que se presentaron a la oposición de Latín más mujeres que hombres, ¡corría el año 1935!
Dolores Cebrián era hija del salmantino Cristino Cebrián y Villanova, médico militar y profesor de la Universidad de Salamanca, y de Concepción Fernández de Villega, una murciana que abandona las tierras charras al enviudar y junto a sus siete hijos se traslada a la capital madrileña. Para entonces Dolores era ya maestra, fue a Madrid con su madre y volvió a Salamanca en 1900 a ocupar la plaza como profesora de Primera Enseñanza; también sería profesora de Ciencias Naturales en la Normal y de Física en la Normal de Maestros. En 1905, se traslada de nuevo, ahora a Toledo, al haber obtenido la cátedra de Ciencias en la Normal de esa ciudad, permaneciendo allí hasta 1908. Allí conoce al que será su marido, el líder socialista y filósofo académico, presidente del PSOE, la UGT y de las Cortes constituyentes, Julián Besteiro (1870-1940), muerto en la prisión de Carmona después de haber sido encerrado en otras cárceles de Madrid y Palencia y a las que puntualmente peregrinaba Dolores a visitarle.
Enterrado en una tumba a la que se prohibió acceder durante 20 años, la desolación de Dolores era inmensa al enterarse de que habían arrancado los rosales que mandó poner y cuidar junto a los restos de su esposo:
"…¡Qué tristes ruindades! El recuerdo de una esposa, yo creí que siempre es cosa respetable. ¿A quién estorban aquellas flores?...".
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Tumba de Julián Besteiro en el cementerio de Carmona. / Fundación F. Largo Caballero

Al finalizar la primera década del siglo XX, Dolores disfrutaba de una beca en París para estudiar Botánica. Una bolsa de estudios otorgada por la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), institución creada en 1907 a la sombra de la sacrosanta Institución Libre de Enseñanza, que tenía como objetivo fundamental provocar una corriente de comunicación pedagógica y científica con el extranjero, una política que hoy se ve como claro antecedente de los actuales programas universitarios Erasmus. Allí, en el París de principios de siglo, en el corazón universitario, monsieur Bonnier, profesor de Dolores en la Sorbona, respondía al inspector de la JAE, Rafael Altamira, que había viajado para evaluar el rendimiento de la becada: "La señorita Cebrián es mi mejor alumno". Una asimetría de las funciones sociales entre el hombre y la mujer que da lugar, como vemos, a una construcción simbólica de la que la Francia de la "Liberté, Égalité y Fraternité", al igual que Unamuno, no era ajena: la intelligentsia es cosa de hombres. El propio Altamira expresa que la especialidad a la que se dedica Dolores "no es propia de su sexo", la actividad no era otra que ¡la Botánica!
Lo cierto es que en España la mujer venía, desde los últimos años del siglo XIX, introduciéndose en el mundo educativo, ocupando cargos docentes y administrativos, un hecho no suficientemente analizado en la historiografía. En el primer tercio del XX, las maestras constituían un cuerpo sólido y numeroso. No en vano era un oficio que además de proporcionar prestigio social, posibilitaba la independencia económica y permitía tener una vía diferente al matrimonio como perspectiva de vida. Era la mejor fórmula para dar el salto del espacio privado a la esfera pública. En la JAE, muchas de las solicitudes que se recibían para viajar a otros países y conocer sus sistemas educativos y pedagógicos provenían de mujeres. Mujeres que dirigían sus caminos por la ciencia y la enseñanza, lo hacían convencidas de la necesidad del cambio y de la reforma educativa que España necesitaba.
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Alumnas de la Facultad de Farmacia. Madrid 1930. / Revista Estampa. Biblioteca Nacional

Orientaron sus carreras hacia actividades experimentales y elaboraron cuestiones didácticas de una gran modernidad. Entre las pioneras científicas estaba Dolores Cebrián, que viajó por diversos países europeos para empaparse de todo lo nuevo que se estaba haciendo fuera de España. Un aprendizaje facilitado por su conocimiento del inglés y su dominio del francés, aprendido en el colegio salmantino de las Jesuitinas.
A ello vino a ayudar sobremanera las políticas educativas llevadas a cabo por la Segunda República. La educación fue uno de los compromisos vertebrales de la Segunda República, además de otros logros sociales y progresistas que se producen en 1931, como el derecho al voto femenino y, en consecuencia, el voto universal; la igualdad jurídica frente al hombre; el divorcio; la despenalización del adulterio y con ello el fin de la sonrojante diferencia de trato de la mujer adúltera frente al hombre adúltero. Políticos, intelectuales y legisladores sabían que la educación era la base del desarrollo del país, de la justicia, la solidaridad y la libertad. Se potenció así la creación de nuevos centros educativos, proyectándose un aumento en el número de plazas de maestros y maestras y extendiendo al olvidado ámbito rural las ciencias y las letras. Las Misiones Pedagógicas, inspiradas en el ambiente liberal y en la pedagogía y la filosofía krausista que había traído a España la Institución Libre de Enseñanza, llevó a las aldeas el teatro, el cine, la cultura con mayúsculas.
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Niños contemplando una sesión de cine de las Misiones Pedagógicas.
Y en ese amanecer cultural y educativo estaban ellas, las maestras. Su ejemplo sirvió para que muchas niñas contemplaran la realidad del género con otro cristal. La pedagogía avanzó como nunca lo había hecho, la coeducación abrió el camino a la riqueza de la diversidad, a conocer que además de la novia, la esposa y la madre, existía la amiga, la compañera. Muchas de las maestras eran feministas que buscaban una identidad propia, diferente a la asignada por una sociedad anclada en los moldes represivos del padre, del novio, del hermano, mecidos en cunas de políticas de desigualdad. Por ello, muchas mujeres participaron y se afiliaron a sindicatos, agrupaciones femeninas, a partidos políticos, algunas fueron socialistas, libertarias o comunistas al tiempo que escritoras, investigadoras, y muchas, muchas fueron maestras.
Cuando la sublevación militar pone fin a la Segunda República, provoca que cientos de miles de maestras y maestros sean depurados. El decreto dado en Salamanca el 8 de noviembre de 1936, sobre depuración de los trabajadores de la enseñanza alcanzaba a todos los niveles y provocó la separación del cuerpo de un 30% de maestros. La depuración que afectó a todos los trabajadores, fue especialmente dura con el magisterio al tener un carácter tanto punitivo como preventivo. El régimen de Franco pretendía aniquilar a los "envenenadores del alma popular", palabras escritas por José María Pemán, ideólogo y presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza que dirigía esta represión. Sara Ramos Zamora, en su estudio sobre la depuración de maestros, señala que las Comisiones Depuradoras interiorizaron en su imaginario una simbiosis entre el colectivo de maestros y la ideología de izquierdas y políticas educativas relacionadas con el liberalismo, el krausismo, la coeducación, el laicismo… lo que llevaría a convertir la depuración, sobre todo, en una purificación o purgación política.
En realidad lo que se estaba depurando en todo el país era la inteligencia. Para Azaña, que vio desde el exilio convertirse España en un "impero vertical y azul", se había producido una "insurrección contra la inteligencia". Solo así se comprende que en los expedientes de Responsabilidades Políticas seguidos contra las maestras figure como agravante "la consideración cultural de la encartada".
La maestra con cabeza de hombre, perteneció a organizaciones femeninas señeras de cultura como el Lyceum Club de Madrid; también se le había ofrecido, y ella había rechazado, ser miembro de la Asamblea Nacional durante la dictadura de Primo de Rivera; entre 1930 y 1935 fue directora de la Escuela Superior de Maestras; en 1931, fue nombrada miembro del Consejo de Instrucción Pública, que luego se llamaría Comisión Nacional de Cultura y en el que solo había dos mujeres, Cebrián y María de Maeztu.
Dolores fue depurada y condenada a inhabilitación de cargo, no pudiendo volver a ejercer nunca más su oficio de maestra. Vivió como muchas otras un exilio interior en la oscura España, pagando además hasta el fin de sus días la multa impuesta a su marido por Responsabilidades Políticas.
En el Archivo de la Fundación F. Largo Caballero y en el fondo Julián Besteiro-Dolores Cebrián se puede consultar una carta que le dirige el arcipreste de Carmona, Juan M. Coronil, a las pocas semanas de morir su marido en la cárcel como consecuencia de una antigua tuberculosis. El sacerdote que había presidido el entierro civil de Besteiro, algo que le debió suponer algún problema con el régimen, desea a Dolores:
"… buenas noticias sobre sus asuntos particulares; santa resignación para soportar lo irreparable y mucho ánimo para hacer el bien que se pueda".
El líder socialista, fiel compañero de Cebrián hasta su muerte (la misma fidelidad mantuvo Dolores a su esposo según expone el historiador Paul Preston), atento a la otra represión de la mujer, la represión como esposa de, escribía en su testamento:
"…Yo, que nunca hubiese podido dejarte cuantiosos bienes de fortuna, te dejo en cambio un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes. Y si ahora sufres el reflejo de la persecución desencadenada sobre mí, justo es que más tarde recaiga sobre ti la consideración que, a mi parecer, se me debe".
No pudo ser la consideración. Dolores murió en 1973 sin conocer la restauración de la democracia; no conoció la reconsideración a su esposo, pero sobre todo no conoció su reconsideración, el respeto y admiración a ella y a todas aquellas maestras de quienes somos deudores. En 1934, Filiberto Villalobos, el médico salmantino, ministro de Instrucción Pública en la Segunda República, decía de ella: "Doña Dolores Cebrián, profesora dignísima, por su inteligencia, su preparación y su amor a la enseñanza".
El Premio Príncipe de Viana 2015, otorgado a Ramón Andrés por su "altura intelectual" y "lección moral", fue la ocasión para que el jefe del Estado español pidiera en el discurso del acto de entrega del premio "consolidar la cultura como elemento esencial de nuestra vida en común". El galardonado advirtió que en su actividad "procura hacer de las letras, y no menos de la música, una forma de resistencia (…) frente al progresivo desmantelamiento al que está sometida la cultura", concluyendo que "el nihilismo, el olvido 'del otro', 'de lo otro', 'de los otros' se está convirtiendo, y no de manera lenta, en las marcas de una civilización que debe pensar, ciertamente, qué significa su nombre, el cual, como bien sabemos, conduce a la definición de ciudadano".
A todas las maestras. Las de antes y las de ahora.

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